lunes, 22 de junio de 2015
jueves, 18 de junio de 2015
Sistemas Administrativos. Prof. Reinoso Valeria
Comenzamos un segundo trimestre con mucho entusiasmo y con gran predisposición para las prácticas contables. La orden de compra, remitos y facturas comenzaron a confeccionarse en computación. Les agradezco a todos el apoyo continuo que me brindan para poder trabajar armoniosamente y en equipo a la hora de poder mostrar nuestro trabajo áulico.
Desde ya muchas gracias.
Prof. Valeria Reinoso
Desde ya muchas gracias.
Prof. Valeria Reinoso
lunes, 8 de junio de 2015
Literatura
Obra de Teatro "El Sumo Narrador I",
del Arte ensamble Producciones; nos visita el jueves 25 de junio. Les
acercamos los textos para que vayamos conociéndolos.
¡Que los disfruten!
Prof. Lezcano Maximiliano, Prof. Scarpelli Paola y Prof. Martínez Nazarena.
¡Que los disfruten!
Prof. Lezcano Maximiliano, Prof. Scarpelli Paola y Prof. Martínez Nazarena.
MÁSCARAS
No me gustan las
máscaras exóticas
Ni siquiera me gustan
las más caras
Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
Ni las amordazadas ni las escandalosas
No me gustan y nunca me gustaron
Ni las del carnaval ni las de los tribunos
Ni las de la verbena ni las del santoral
Ni las de la apariencia ni las de la retórica
Me gusta la indefensa gente que da la cara
Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
Y llora con su pobre cansancio imaginario
Y mira con sus ojos de coraje o de miedo
Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre
Las mascaras no sirven como segundo rostro
No sudan / no se azoran / jamás se ruborizan
Sus mejillas No ostentan lágrimas de entusiasmo
Y el mentón no les tiembla de soberbio o de olvido
¿Quién puede enamorarse de una faz delegada?
No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
Las máscaras alegres no curan la tristeza
No me gustan las máscaras he dicho
Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
Ni las amordazadas ni las escandalosas
No me gustan y nunca me gustaron
Ni las del carnaval ni las de los tribunos
Ni las de la verbena ni las del santoral
Ni las de la apariencia ni las de la retórica
Me gusta la indefensa gente que da la cara
Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
Y llora con su pobre cansancio imaginario
Y mira con sus ojos de coraje o de miedo
Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre
Las mascaras no sirven como segundo rostro
No sudan / no se azoran / jamás se ruborizan
Sus mejillas No ostentan lágrimas de entusiasmo
Y el mentón no les tiembla de soberbio o de olvido
¿Quién puede enamorarse de una faz delegada?
No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
Las máscaras alegres no curan la tristeza
No me gustan las máscaras he dicho
Mario Benedetti
La vida ese paréntesis
La vida ese paréntesis
EL MUNDO
Un hombre del pueblo de Neguá, en
la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que
había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar
de fueguitos.
-El mundo es eso -reveló---. Un
montón de gente, un mar de Fueguitos.
Cada persona brilla con luz
propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y
fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni
se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida
con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se
enciende.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos
EL HOMBRE DE LA
CAMISETA CALADA
Yo lo llamaría el Guardián del
Umbral. Cierto es que los que se dedican a las ciencias ocultas entienden por
Guardián del Umbral a un fantasma recio y terribilísimo que se le aparece en el
plano astral al estudiante que quiere conocer los misterios del más allá. Pero
mi guardián del umbral tiene otra catadura, otros modales, otro “savoir faire”.
¿Quién no lo ha visto?. ¿Cuál es
el ciego mortal que no lo ha advertido al guardián del umbral, al hombre de la
camiseta calada? ¿Dónde pernocta el ciego mortal que no ha notado todavía al
ciudadano que plancha el umbral, para que yo se lo muestre vivo y coleando?.
Es uno de los infinitos matices
ornamentales de nuestra ciudad; es el hombre de la camiseta calada . Dios hizo
a la planchadora, y en cuanto la planchadora salió de entre sus manos divinas
con una cesta bajo el brazo, Dios,
diligente y sabio, fabricó, a continuación, al guardián del umbral,
al hombre de la camiseta calada.
Porque todos los legítimos
esposos de las planchadoras usan camisetas caladas. Y no trabajan. Cierto es
que buscan trabajo. Y que ellas se acostumbran a que él trabaje en el trabajo
de buscar trabajo: pero el caso es este. Usan camiseta calada, y hacen la
guardia en el umbral.
¿Quién no lo ha visto pasar?.
¿Cuándo aparecerá el Charles Lous Phillie que describa nuestro arrabal tal cual es!
¡_Cuándo aparecerá el Quevedo de
nuestras costumbres, el Mateo Alemán de nuestra picardía, el Hurtado de Mendoza
de nuestra vagancia!
La planchadora se casó con el
hombre de la camiseta calada cuando era joven y linda. Labio como flor de granada y trenza abundosa.
Bajo el brazo la cesta envuelta en media sábana.
Él también era un guapo mozo.
Tocaba la guitarra que era un primor. Vivían en el conventillo. El mozo pensó
bien antes de decidirse: La madre de la muchacha tenía el taller. Pensó tan
bien que después de un amorío con guitarra y versitos del extinto Picaflor Porteño, se casaron como dios manda.
Hubo baile, felicitaciones, regalos de bazar, y la “vieja” enjugó una lágrima.
Cierto es que el muchacho no es
malo, pero le gusta tan poco trabajar... Y las viejas que hacían círculo en
torno de la damnificada comentaron:
¡Qué se le va a hacer, señora!.
Los jóvenes de hoy son así...
Y sí, son tan así que a la semana
de haberse casado, el hombre de la camiseta calada empezó a alegar y luego
se espetó a la suegra: y la vieja, que se moría por lo del abolengo,
porque había sido cocinera de un general de las campañas del desierto, le
aceptó, refunfuñando al principio, y así, un día y otro, el hombre de la
camiseta calada le fue esquivando el
cuerpo al trabajo, y cuando se acordaron madre e hija ya era tarde; él se había
apoderado del umbral. ¿Quién lo sacaría de allí?
Había tomado jurídica y
prácticamente posesión del umbral. Se había convertido automáticamente en
guardián del umbral.
Mañana tras mañana. Crepúsculo
tras crepúsculo ¡Qué linda vida la de ese ciudadano!
Se levanta por la mañana
tempranito y le ceba un mate a la damnificada, diciéndole: Luego de haber mateado a gusto, y cuando él
solicito se levanta, va al almacén de la esquina a tomar una cañita, y de allí tonificado el
cuerpo y entonada el alma, toma otros mates, pulula por el taller de lavado y
planchado para saludar a las “oficiales”,
y más tarde se planta en el umbral.
A
la tarde duerme su siestecita, mientras su legítima esposa se desloma en la plancha. Y bien
descansado, lustroso, se levanta a las cuatro, toma otros mates y vuelta al
umbral, a sentarse, a mirar pasar la gente y a darse esos interminables baños
de vagancia que lo hacen cada vez más silencioso y filosófico.
Porque el hombre de la camiseta
calada es filósofo. Bien lo dice su mujer:
- Tiene una cabeza... pero... –
Ese “pero” lo dice todo. Nuestro filosofante es el Sócrates del barrio. Él es
el que interviene cuando se producen esos líos descomunales; él es quien consuela
al marido burlado él es quien convence a
un calabrés de que no cometa un homicidio complicado con el agravante del
filicidio; él es quien, en presencia de una desgracia, exclama siempre
patéticamente
Habla poco y sesudamente. Tiene
la sabiduría de la vida y la sapiencia que concede la vagancia contumaz y
alevosa, y por eso es en todo barrio, con su camiseta calada y su guardia en el
umbral, el matiz más pintoresco de nuestra urbe.
Aguafuertes Porteñas
Roberto Arlt
EL POZO
Sobre el brocal desdentado del
viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen
simple.
Toda una historia trágica. Hacía
mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre
cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de piedra para descansar
su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo
redondel.
Allí le sorprendieron el
cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se
hundió, golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco
puro.
Ni tiempo para dar un grito o
retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque.
Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa.
Aturdido por el golpe, se debatió
sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus
dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro
rojizo. Luego quedó exánime, sólo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su
ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el
cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba: el mismo redondel de
antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una
estrella tímidamente.
Los ojos se hipnotizaron en la
contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de
luz.
Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un
frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó
en la boca.
Hizo un movimiento y el líquido
onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e
impelido por esa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a
lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las
carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.
Más de una vez, la tierra
insegura cedió a su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía
su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de
sus fuerzas.
Sin embargo, un mundo
insospechado de energías nacía a cada paso; y como por impulso adquirido
maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento,
llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios.
Allí quedaba, medio cuerpo de
fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante de él la forma de
un Aguaribay como cosa irreal...
Alguien pasó ante su vista, algún
paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado.
Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de
santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió
hacia el maldito. El infeliz comprendió: hizo el último y sobrehumano esfuerzo
para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle la frente, y aquella
visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.
Ahora todo el pago conoce el pozo
maldito, y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de
madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.
Ricardo Güiraldes
Cuentos de muerte y de sangre
EL CAUTIVO
En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico
desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo
de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de
ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las
circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El
hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las
palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal
vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De
pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos
patios y se metió en la
cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida
campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando
chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían
encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron
otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su
desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el
pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido
renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una
criatura o un perro, los padres y la casa.
Jorge Luis Borges
El Hacerdor
NO SE CULPE A NADIE
El frío complica siempre las
cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora
a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de
casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el
pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un
ponerse y sacarse pulóver, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango
mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y
empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la
camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el
brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera
del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como
de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón
se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya,
pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la
deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el
otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no
lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la
camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía
más la operación, y aunque se ha puesto
a silbar de nuevo para distraerse, siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra
complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo
al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del
pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y
tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina
penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir
como un calor en la cara, aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera,
pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la
mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre
pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que
reanudó la tarea, y que ha hecho la
tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así, su mano
tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra
hacer avanzar ninguna de las dos manos, aunque en cambio parecería que la
cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con
una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera
podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va
humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de
azul. Por suerte en ese mismo momento su
mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una
afuera aunque la otra sigue apresada en la manga, quizá era cierto que su mano
derecha no estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el
cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en
cambio la mano ha podido salir fácilmente.
Irónicamente se le ocurre que si
hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del
todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas
veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile
disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria
y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución
sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la
entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero
la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera
ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece
y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a
tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del
aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es
un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas.
Quizá ha caído de rodillas y se
siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de
golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no
quiera abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa
delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja
vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera de pulóver, está de
rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre
los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y se
ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire
antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y
echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo
que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia
arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara
mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte
sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelta
y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
Julio Cortázar
Final del Fuego
LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS
Cuentan los hombres dignos de fe
(pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de
Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un
laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban
a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la
confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.
Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de
Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar
en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces
imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna,
pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que,
si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia,
juntó sus capitanes y sus alcaldes y estragó los reinos de Babilonia con tal
venturosa fortuna que derribó sus castillos rompió sus gentes e hizo cautivo al
mismo rey. Lo amarró encima de un
camello veloz y lo llevo al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo:
"¡OH rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!”, en Babilonia me
quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros
ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay
escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer,
ni muros que te veden el paso.
Luego le desató las ligaduras y
lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria
sea con Aquel que no muere.
Jorge Luis Borges
INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia
el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el
plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano,
para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en
línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la
mano izquierda en una de las partes verticales y la derecha en la horizontal
correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada
uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto
más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera,
ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o
pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente,
pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud
natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la
cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños
inmediatamente superiores al que se pisa, y
respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por
levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre
en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón.
Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se
recoge la parte equivalente a la izquierda (también llamada pie, pero que no ha
de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se
le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste
descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños
son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La
coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese
especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esa forma al segundo
peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el
final de la escalera. Se
sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio,
del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Julio Cortázar
Historias de cronopios y famas
OBDULIO VARELA
EI.26 de julio de1950, en el
estadio Maracaná de Río de Janeiro, nació una de las últimas leyendas del
fútbol rioplatense; ese día, el imponente centromedio uruguayo Obdulio Varela
silenció a 150 mil fanáticos que festejaban el gol brasileño en la final de la
Copa del Mundo, convertido por el puntero Friaca. A los seis minutos del
segundo tiempo, Brasil abrió el marcador alentado por las repletas tribunas del
Maracaná, inaugurado especialmente para ese torneo. Entonces todo Río de
Janeiro fue una explosión de júbilo; los petardos y las luces de colores se
encendieron de una sola vez, Obdulio, un morocho tallado sobre piedra, fue
hacia su arco vencido, levantó la pelota en silencio y la guardó entre el brazo
derecho y el cuerpo. Los brasileños ardían de júbilo y pedían goles. Este
modesto equipo uruguayo, aunque temible, era una buena presa para festejar un
título mundial. Tal vez el único que supo comprender el dramatismo de ese
instante, de computarlo fríamente, fue el gran Obdulio, capitán -y mucho más-
de ese equipo joven que empezaba a desesperarse y clavó sus ojos pardos,
negros, blancos, brillantes, contra tanta luz, e irguió su torso cuadrado, y
caminó apenas moviendo los pies, desafiante, sin una palabra para nadie y el
mundo tuvo que esperarlo tres rninutos para que llegara al medio de la cancha y
espetara al juez diez palabras en incomprensible castellano. No tuvo oído para
los brasileños que lo insultaban porque comprendían su maniobra genial: Obdulio
enfriaba los ánimos, ponía distancia entre el gol y la reanudación para que,
desde entonces, el partido -y el rival- fuera otro. Hubo un intérprete, una
estirada charla --algo tediosa- entre el juez y el morocho. El estadio estaba
en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes
uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la
pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo. Fue un aluvión. Los
uruguayos atropellaban sin respetar aun rival superior pero desconcertado.
Obdulio empujaba desde el medio de la cancha a los gritos, ordenando a sus
compañeros. Parecía que la pelota era de él, y cuando no la tenía, era porque
la había prestado por un rato a sus compañeros para que se entretuvieran. Llegó
el empate. Los brasileños sintieron que estaban perdidos. El griterío de la
tribuna no bastaba para dar agilidad a sus músculos, claridad a sus ideas. Las
casacas celestes estaban en todas partes y les importaba un bledo del gigante.
Faltaban nueve minutos para terminar cuando Uruguay marcó el tanto de la victoria. El mundo no
podía creer que el coloso muriera en su propia casa, despojado de gloria.
Osvaldo Soriano
Artistas, locos y criminales
lunes, 6 de abril de 2015
Sistemas Administrativos
Fuentes de Registración- Documentos Comerciales
¿Por qué los documentos comerciales son importantes?
- Dejan constancia de las operaciones realizadas.
- Individualizan a las personas que intevienen
- Son un medio de prueba frente a cualquier problema que se presente (precisan la relación jurídica entre las partes)
- Respaldan la exactitud de las operaciones registradas en los libros contables (Fuente de Registración)
Por lo tanto, es fundamental que como consumidores SIEMPRE exijamos la DOCUMENTACIÓN RESPALDATORIA de cualquier operación comercial que realicemos.
En tal sentido durante el transcurso del mes de Abril y Mayo se les solicitará los siguientes documentos comerciales:
- Orden de Compra
- Remito
- Factura. Modelo A, B, C, otros modelos.
- Ticket-Factura
- Nota de Débito
- Nota de Crédito
- Recibo
- Resumen de Cuenta
- Pagaré
- Cheque. (diferentes tipos)
Los mismos se podrán obtener de operaciones comerciales propias, ajenas o a través de su búsqueda en internet.
Lic. Prof. Valeria Reinoso
martes, 31 de marzo de 2015
SALUD Y ADOLESCENCIA
Acciones
de Salud
Como
sabes, la medicina es la ciencia que se ocupa de la prevención y la curación de
enfermedades. Durante los primeros siglos de su historia, la medicina
occidental hizo grandes esfuerzos para conseguir el alivio de los síntomas de
la enfermedad, y luego se propuso identificar sus causas para lograr la cura.
Pero durante los últimos tiempos se piensa el cuidado de la salud en términos
de promoción y prevención. Además,
como ya se ha explicado, la salud se entiende en un sentido amplio, que va más
allá de lo específicamente biológico y de lo individual. A partir de esta
visión compleja se definen a las acciones
de salud. Se consideran acciones de salud todas las medidas que tienden a
evitar las manifestaciones o la propagación, o ambas, de las enfermedades. Estas
acciones están dirigidas:
Ø al
individuo, en lo que atañe a la
atención médica de las enfermedades o a la acción sobre las causas que puedan
provocarlas;
Ø al
ambiente, en todo lo concerniente al
saneamiento o a los factores ambientales que puedan provocar la enfermedad.
Tanto
para el análisis como para el diseño de las acciones de salud, se las suele
clasificar en acciones de promoción
y de prevención primaria, secundaria y terciaria.
Uno
de los instrumentos fundamentales en la promoción y prevención lo constituye la
educación para la salud. Por medio
de la provisión de la información, busca, fundamentalmente, fomentar una
actitud positiva con respecto a la salud, a la adquisición de hábitos y a la
participación para contribuir a una mejora en las condiciones de vida de las
personas y las sociedades. Además, la educación permite evaluar los factores de
riesgo en las poblaciones e implementar acciones que permitan el mejoramiento
de las condiciones de vida.
Promoción
Es
el conjunto de acciones tendientes a disminuir riesgos y a reducir la
propagación de enfermedades a través de la educación y capacitación.
Son
acciones fundamentalmente educadoras y su objetivo es la concientización y la
difusión de las formas de prevenir las enfermedades y de actuar cuando ellas se
producen.
Se
realizan a través de formas de comunicación que tiene por finalidad logar que
el mayor número posible de personas desarrolle conductas sanitarias positivas.
Prevención
Hay
tres niveles según los objetivos que se quieran lograr:
Prevención primaria: incluye
a todas las acciones que tienen como objetivo evitar la aparición de
enfermedades, lesiones o problemas que afectan tanto a las personas como el
ambiente.
Son
acciones de prevención primaria: la higiene personal (de la piel, manos, ojos,
pelo, etc.); postura; realizar ejercicio; descanso; dieta equilibrada;
vacunación; sanidad ambiental; etc.
Prevención secundaria: ciertas
enfermedades, debido a sus particulares características no siempre pueden ser
detectadas o evitadas a tiempo. En estos casos se hace necesario tratar de
descubrirlas lo antes posible e iniciar un tratamiento en forma inmediata.
Estas medidas denominadas diagnóstico temprano y tratamiento oportuno
constituyen la prevención secundaria. Son ejemplos de estas acciones: el examen
médico periódico; análisis de sangre y orina; examen psíquico; control
bucodental; controles ginecológicos; examen oftalmológico; ecografías;
electrocardiograma; etc.
El
diagnóstico temprano también incluye los planes epidemiológicos a nivel
poblacional para detectar enfermedades en estado insipiente.
En
síntesis, la prevención secundaria comprende el conjunto de acciones destinadas
a descubrir y tratar lo más tempranamente posible las enfermedades que pudieran
afectar a individuos y ambientes aparentemente sanos.
Prevención
terciaria: Acciones llevadas a cabo desde la
aparición de la enfermedad y la
necesidad de aplicar tratamientos para intentar curarla o paliarla hasta el restablecimiento
del completo bienestar de la persona o la población afectada. Abarca la
recuperación y la rehabilitación.
La recuperación
comienza cuando se manifiesta la enfermedad y se acude a la consulta médica. Un
tratamiento eficaz, en algunos casos, puede lograr la recuperación.
La rehabilitación
tiende a restituir en las personas las capacidades físicas, psíquicas o
sociales que pudieron haber sido alteradas por una enfermedad o accidente. Debe
permitir que se desarrollen las habilidades para vivir con autonomía social y
económica, aun en un estado de salud diferente.
Intervienen en la
rehabilitación terapistas físicos, ocupacionales y psicólogos entre otros que
trabajan para conseguir que los individuos se adapten a su nueva situación
transitoria o permanente.
Factor
de riesgo – Factor de protección – Grupo de riesgo
Se
llama factor de riesgo a toda
circunstancia, rasgo, característica o exposición que aumente las probabilidades de una persona de contraer
una enfermedad, lesión o cualquier otro problema de salud. No son las causas de
las enfermedades. Los factores de riesgo incluyen los factores ambientales, los
hábitos de vida, situación socioeconómica etc. Por ejemplo: la vida sedentaria
es un factor de riesgo para desarrollar problemas cardíacos. Exponerse al sol sin
protección solar es un factor de riesgo para desarrollar cáncer de piel. La
pobreza es un factor de riesgo para desarrollar entre otras cosas problemas
nutricionales. Etc. Tener en cuenta que muchas enfermedades se desarrollan cuando
la persona está expuesta a muchos factores de riesgo simultáneamente.
En cambio los factores de protección son los aspectos o elementos del entorno que ayudan a
transitar circunstancias desfavorables o pueden contribuir o reducir la
probabilidad de aparición de enfermedades. Por ejemplo: la información adecuada
y oportuna sobre sexualidad puede prevenir entre otras cosas una enfermedad de
transmisión sexual. Una alimentación balanceada y ejercitación pueden disminuir
el riesgo de obesidad.
Grupo
de riesgo o población de riesgo son aquellas personas que
debido a ciertas características ya sea biológicas, físicas, geográficas,
sociales etc. tienen mayor probabilidad de contraer determinadas enfermedades o
accidentes.
Se consideran grupos de
riesgo a aquellas personas que por su edad o estado físico puedan ser más
vulnerables a contraer ciertas enfermedades. Bebes, niños embarazadas,
ancianos, obesos, etc. Por ejemplo, los bebes son un grupo de riesgo para
contraer enfermedades respiratorias.
También se consideran
grupos de riesgo en relación al trabajo. Por ejemplo los mineros tienen mayor
riesgo de contraer afecciones respiratorias o personas que manipulan máquinas
de sufrir algún traumatismo.
Otro ejemplo es el
grupo de riesgo que lo constituyen personas que ingieren sustancias tóxicas
como las drogas, tabaco y alcohol. Estas personas son más propensas a
sufrir problemas cardíacos.
ACTIVIDADES
Lean atentamente el
texto y luego realicen las siguientes actividades:
1. Elaboren
un mapa conceptual con los siguientes conceptos clave: acciones de salud,
promoción prevención, primaria, secundaria, terciaria, educación para la salud,
recuperación, rehabilitación, grupo de riesgo, factor de riesgo, factor de
protección, individuo, ambiente, diagnóstico temprano y tratamiento oportuno.
2. Busquen
en diarios y revistas dos campañas de promoción de la salud y analicen: ¿Qué
información brindan? ¿Es clara dicha información? ¿A quiénes está dirigida?,
etc.
¿Qué otras acciones de promoción has
visto, leído o escuchado últimamente? Analicen
cada una.
3. Piensen
un tema que les interese relacionado con la salud y elaboren una campaña de
promoción gráfica. Por ejemplo si eligen el cólera deben buscar información para
informar cómo prevenir dicha enfermedad, que la causa, síntomas, etc.
4. Busquen
una noticia relacionada con la promoción de la salud. Subrayen las ideas
principales, elaboren un cuadro que resuma los conceptos principales.
5. Elaboren
una lista de acciones que realicen cotidianamente y analicen cuales deberían
reforzar y/o implementar para mejorar su calidad de vida. De la misma manera
elaboren una lista de acciones que creen
perjudican su calidad de vida y como harían para revertirlo.
6. Nombren
por lo menos cuatro factores de riesgo a los que están expuestos los
adolescentes y cuáles serían los problemas de salud que podrían contraer por
estar expuestos a dichos factores.
7. Nombren
por lo menos cuatro factores de protección y que problemas de salud se podrían
evitar por dichos factores.
8. Los
adolescentes como grupo de riesgo ¿A qué problemas de salud son más vulnerables?
lunes, 23 de marzo de 2015
SHORT STORY 4 NIVEL A
Tony Wilmot: Skeleton in the Cupboard
He was watching
the park gates from his usual bench by the pond. The girl would soon be joining
him for her mid-day break.
For several days now they had sat at the same bench
and exchanged pleasantries after she had laughed at the way the ducks fought
over the crusts he had thrown to them.
She was twenty-ish, attractive, with a
pulse-quickening figure, but he did not flatter himself that her interest was
in any way sexual. He subscribed to the adage “No fool like an old fool”.
Besides, he was more than twice her age.
To him it was a harmless flirtation — a fillip to his
middle-aged man's morale — and he had found himself looking forward to their
lunchtime “assignations”.
Earlier that morning, however, events had taken a more
serious turn. The girl had paid a visit to the Vehicle Registration Department
in the Town Hall.
His secretary had come into his office. “There's a
young lady here, Mr Smythe, asking if we keep records of car ownership... MG
sports cars in particular. I said I thought not.”
He had felt a twinge of unease at the mention of the
car type.
“Quite so,” he had replied. Tell her registrations are
all on the national computer now. In any case, we couldn't give out that kind
of information.”
He had peered at the reception desk through his
offices glass partition. The enquirer was the girl from the park bench.
An odd coincidence, he had thought. Or was it
something more?
Now, as she entered the park gates with that long
stride and purposeful expression, his unease returned.
"Hello — we meet again," she said, sitting
beside him.
"Ah, yes... sky looks a bit overcast. Hope we
aren’t in for some rain." He gestured at the apple she was peeling with a
penknife. "Lunch?"
"Yes, worse luck. I’m on a diet."
He smiled. "You seem to be here most days. Do you
work hereabouts?"
"Oh no. In fact, I don’t live here. I’m just
staying in town while I’m doing some research. I’m from Elmston,
actually."
"Really? I know Elmston..." he began. The
words were out before the warning bell rang. "Well, I don’t exactly know
it...pal of mine... knew him years ago... used to live there. Is this your
first visit here?"
"Yes."
"Nice place," he said. "Bit dull,
though."
"Not at all. It’s charming."
"What are you researching? Our town’s chequered
history, perhaps? Parts date from the Roman occupation."
"How interesting. But no — I’m trying to trace
someone."
"Ah! Bit of detective work?"
She smiled. "In a way, I’m beginning to find out
what a job it is tracing someone who may not want to be traced. No wonder the
police have to spend so much time on investigations."
"And the “trail” has led from Elmston to
here?"
"Indirectly, yes, But I’ve had to spend time in
several places first. I’m hoping this will be the last."
"Sounds very intriguing," he said, hoping to
entice her to reveal more without seeming to be prying into her private life.
"I suppose it is, in a way. I’m going back more
than twenty years, though." She made a wry face. Which is setting myself a
difficult task."
"I don’t suppose you were even born then?"
he said.
"I was—just! Anyway, I’ve managed to unearth a
few clues. The person I’m looking for had an MG sports car then and got married
during the same period. I know it’s a bit of a long shot, but it might just pay
off."
His unease became a shiver which set him on edge even
more. He was like the rabbit hypnotized by the snake, wanting to get away but
unable to move. "But I mustn’t bore you with my personal affairs,"
she went on. What about you? What line of business are you in?"
"Oh, nothing much. Civil servant, actually. Quite
dull, I’m afraid. I wish I could be an 007 like you but... I’m just a
nine-to-five chap."
"Don’t be so modest. There’s nothing wrong with
being a civil servant."
He made a deprecating gesture but inwardly he was
thrilled that a pretty girl was finding him interesting enough to want to flirt
with him.
"Married, of course?"
He was on the point of saying no when he noticed her
glance at the ring on his left hand. He nodded.
"The dishy men always are! Lived here long, have
you?"
He did not like the turn the conversation was taking.
"Oh, quite some time." He made a show of checking his wristwatch.
"Well, I must be getting back. The grindstone waits for no man! I, er...
that is, perhaps we might see each other again tomorrow?"
"Yes, let’s. About one o’clock?"
He said that would be fine.
As he walked back to the Town Hall doubts and fears
scurried around his head like cornered rats. It was just too damned close to be
coincidence any more. For he used to run an MG. And he had married twenty years
ago.
He could not concentrate at the office. An hour before
finishing time, he got his car from the staff car-park and drove to his semi in
a leafy suburb on the outskirts of town.
Margaret, his wife, was doing some work in the garden.
'Robert, is that you? You're early. Nothing wrong at the office, is there?'
'No, of course not.' Why did women always think the
worst? 'I thought I'd finish off that lampstand in the shed while there's still
some day-light.'
'Right-O! I'll call you when dinner's ready.'
He put the inside catch on the shed door and made sure
his wife was still in the front garden. Then he got a metal box from behind his
workbench.
The key to the box was hidden under a bottle of
weedkiller. Inside the box were two yellowing clippings from the Elmston
Observer.
One was headlined: GIRL, 10, KILLED IN HIT-AND-RUN.
For the umpteenth times he read how the girl had been
knocked down on a pedestrian crossing while on her way home from a school
friend's house.
The details were embedded in his memory. He had driven
over to Margaret's parents' house in the MG that evening. They had lived just
outside Elmston then.
Because of some road works, the traffic had been
diverted.
He had been exceeding the speed limit, too. It was an
unfamiliar route and the crossing had taken him by surprise.
The car's brakes were slack because he'd skipped a
service to save money, and a shower had made the road surface slippery...
Even though it was twenty years ago, he could still
remember the sickening thud... the scream... the crumpled body on the side of
the road.
Of course, he should have stopped, but he had
panicked. He had been short-listed for a new job for which a clean driving
licence was a condition of employment and it was only days away from his
wedding. Reporting the accident would have ruined everything.
The second clipping, headed POLICE APPEAL FOR
WITNESSES, said several people had heard the screech of brakes but none had
seen the accident.
A police spokesman was quoted as saying they were
'pursuing several lines of enquiry'.
He locked the clippings away again and returned the
box to its hiding place. He had never fully understood why he had kept them all
those years. What, he wondered, would the psychologists make of that? A guilt
complex, perhaps? A subconscious desire to punish himself for his crime?
It was his favourite tuna-fish salad for dinner but
the memory of the accident had dulled his appetite. He pecked away at it,
nodding absently as Margaret related the events of her day.
All through the meal the thought kept hammering in his
brain: how long before the girl found out that he was the hit-and-run driver?
More than likely she was a former schoolfriend wanting
to see justice done. Or a relative... the dead girl's sister, even.
The police enquiries had no doubt fizzled out years
ago—they would have had far more pressing cases on their plate — but the
little girl's family and friends would not have given up the search.
That night he hardly slept. At the office next day he
clockwatched until it was time to go to the park.
The girl was already there when he arrived.
"I was hoping I'd see you today" she said.
"You see, I'm certain I've come to the right town. You know I mentioned an
MG... well, how's this for amateur sleuthing?... There's the car's number."
A muscle in his cheek began to twitch rapidly as he
read what was in her notebook. His MG's number. But how had she...? The
newspaper report said there had been no eyewitnesses.
"I'm missing the middle one or two digits in the
numberplate — but it's enough."
"Very cloak-and-daggerish" he said, forcing
a smile. "Have you tried the local Vehicle Registration Department?
Perhaps they can help."
"Oh yes. No luck, though. But guess what? I've
got a photograph of the car."
The park seemed to spin. He gripped the bench with
both hands.
"You all right?" she asked.
"What? Oh yes. Just a twinge of
indigestion."
"Well, I haven't actually got the
photograph," she went on. "I've only seen the negative. I'm having a
ten-by-eight print done from it."
"You have been busy!" His voice sounded
unreal. "Look, that friend of mine from Elmston. I've just remembered. He
had an MG. He could be who you are looking for... I might still have an address
for him at home... Have you got a phone number where I can contact you? Better
still, an address in case I miss you here tomorrow."
She wrote down both in her notebook and tore the page
out for him. "Now I must be off," she said. "I've got more
sleuthing to do. l'll look out for you here again tomorrow."
He gave her a minute or two's start, then began to
follow her.
Her first stop was at a photographic shop near the
main square. She came out carrying a large buff-coloured envelope.
That would be the MG print, he thought, as he observed
her getting her bearings.
He kept about fifty yards behind as she crossed the
town centre to the offices of the Evening Gazette.
He followed her through the revolving doors, keeping
the public newspaper stands in the foyer between himself and the point where
she was talking at the enquiry counter.
Pretending to leaf through the week's back numbers, he
could hear snatches of conversation above the din of typewriters and
telephones.
"... wedding report twenty-one years ago... would
it be possible to..."
... archives are on the fourth floor... first door on
the right as you come out of the lift..."
He watched the girl take the lift. Time passed. People
came and went. He felt clammy and conspicuous.
Eventually she reappeared out of the lift. The
receptionist smiled. Had she found what she had been looking for?
Yes, she had.
He was in a cold sweat now, but he had no difficulty
keeping her in sight, for he knew the town like the back of his hand. Where
would she head next? Oh God, he thought, don't let it be the police station.
"Robert! Long time no see!" He started. It
was a man he knew from the Parks Department. He felt like a schoolboy caught
playing truant. "Stretching your legs, eh, Robert?"
"Oh, er, yes." He could see the girl
disappearing down a side turning. "Popped out for cigarettes."
The man was grinning. "Some looker, eh?"
"What?"
"That girl you were staring at."
"Oh," he forced a smile. "Look, can't
stop now. Let's have a drink next week. I'll ring you."
When he finally got away the girl was nowhere to be
seen. He spent the rest of the afternoon fretting at his desk. Whose wedding
had she looked up? And why?
It was not until he and Margaret were watching TV that
evening that the answer came to him; in fact, it was staring him in the face...
On the piano was an ornately framed picture of him and
Margaret on their wedding day. Of course! Why hadn't he thought of it sooner?
The other photos in the family album: there was one of the MG.
He found the album and flicked through it. There it was — the pair of them, snapped in the MG as they were leaving the reception to go off on honeymoon.
He stared at himself from twenty years ago: thin face, unlined, thick curling hair. Now he had a double chin, was balding, wore a moustache and bifocals. Unrecognisable!
On the back of the MG was a 'Just married' placard, which obscured the middle two digits on the rear number plate.
The girl must have gone to every photographer in the district until she found the one who had taken their wedding pictures. The negatives would have been on file, probably in a storeroom.
The girl had got a print. Then she had searched the Evening Gazette's back issues for the paper's own picture of the same couple in the MG... which would tell her the names and parents' addresses.
And there the search would stop, for Margaret's parents had emigrated long ago and his own parents were dead. He was safe.
Then it struck him like a blow. 'The electoral roll,' he said out loud. 'She simply goes through it, street by street, until she finds my name...'
'Did you say something, Robert?' Margaret called.
'What? No, nothing.'
It would be only a matter of time now before his skeleton was out of its cupboard. He would be branded a child-killer, all the more heinous because he had covered his tracks (he had sold the MG immediately they had got back from honeymoon).
He would get at least five years for manslaughter. He would lose his job; his reputation would be ruined; everything he had built up over the years... down the drain!
He knew he had not got the strength of character to begin all over again; he was too set in his ways...
'I think I'll go to The Swan for a pint, love. Don't wait up. I might be late.'
'Oh, all right. I'll leave something out for your supper.'
At times like this, he mused, it was positively an advantage having a conventionally predictable spouse.
It was a fifteen-minute drive to the block of service flats where the girl was staying; hers was on the ground floor.
She came to the door in a dressing-gown with a towel wrapped round her hair.
He was sorry to barge in on her unannounced, he blurted; but he had found himself in the neighbourhood, so he had thought he would give her that information about his friend.
'Oh, well, come in. You'll have to forgive my appearance — I'm in the middle of washing my hair. Can I get you a drink?'
'I won't, thanks. I'm driving.'
'Ah yes... the old breathalyser!
'He tried to smile but couldn't move his face muscles. 'That friend,' he began, swallowing. 'His name's... Smythe... Robert Smythe.'
'That's it,' she cried. 'The same one I've been looking for! I found his address this afternoon, in the electoral roll at the Town Hall.'
So it was true, he thought; she was tracking him down.
'Perhaps I will have that drink,' he said, slipping a hand into his jacket pocket.
She was at the drinks cabinet, her back to him. 'Gin and tonic all right?'
'Fine.' He pulled out a length of cord. It went round her neck so easily. He did not make a sound as he pulled it tight. Nor did she...
He found the album and flicked through it. There it was — the pair of them, snapped in the MG as they were leaving the reception to go off on honeymoon.
He stared at himself from twenty years ago: thin face, unlined, thick curling hair. Now he had a double chin, was balding, wore a moustache and bifocals. Unrecognisable!
On the back of the MG was a 'Just married' placard, which obscured the middle two digits on the rear number plate.
The girl must have gone to every photographer in the district until she found the one who had taken their wedding pictures. The negatives would have been on file, probably in a storeroom.
The girl had got a print. Then she had searched the Evening Gazette's back issues for the paper's own picture of the same couple in the MG... which would tell her the names and parents' addresses.
And there the search would stop, for Margaret's parents had emigrated long ago and his own parents were dead. He was safe.
Then it struck him like a blow. 'The electoral roll,' he said out loud. 'She simply goes through it, street by street, until she finds my name...'
'Did you say something, Robert?' Margaret called.
'What? No, nothing.'
It would be only a matter of time now before his skeleton was out of its cupboard. He would be branded a child-killer, all the more heinous because he had covered his tracks (he had sold the MG immediately they had got back from honeymoon).
He would get at least five years for manslaughter. He would lose his job; his reputation would be ruined; everything he had built up over the years... down the drain!
He knew he had not got the strength of character to begin all over again; he was too set in his ways...
'I think I'll go to The Swan for a pint, love. Don't wait up. I might be late.'
'Oh, all right. I'll leave something out for your supper.'
At times like this, he mused, it was positively an advantage having a conventionally predictable spouse.
It was a fifteen-minute drive to the block of service flats where the girl was staying; hers was on the ground floor.
She came to the door in a dressing-gown with a towel wrapped round her hair.
He was sorry to barge in on her unannounced, he blurted; but he had found himself in the neighbourhood, so he had thought he would give her that information about his friend.
'Oh, well, come in. You'll have to forgive my appearance — I'm in the middle of washing my hair. Can I get you a drink?'
'I won't, thanks. I'm driving.'
'Ah yes... the old breathalyser!
'He tried to smile but couldn't move his face muscles. 'That friend,' he began, swallowing. 'His name's... Smythe... Robert Smythe.'
'That's it,' she cried. 'The same one I've been looking for! I found his address this afternoon, in the electoral roll at the Town Hall.'
So it was true, he thought; she was tracking him down.
'Perhaps I will have that drink,' he said, slipping a hand into his jacket pocket.
She was at the drinks cabinet, her back to him. 'Gin and tonic all right?'
'Fine.' He pulled out a length of cord. It went round her neck so easily. He did not make a sound as he pulled it tight. Nor did she...
At the breakfast table next morning Margaret thought
Robert looked pale and drawn; there were dark rings round his eyes and he
seemed unusually preoccupied. Clearly he needed a holiday; he was working far
too hard at that office.
She knew it probably would not be much good urging him to take the day off but she decided to try; to her surprise, he agreed.
'I do have a bit of a migraine, love,' he said.
'The rest will do you good. I'll ring the office and tell them you're not well.'
The 'plop' on the mat inside the front door told her the post had arrived. 'I'll go,' she said.
Two letters. One was Robert's bank statement, the other was for her. An unfamiliar handwriting.
She tore it open on her way back to the kitchen. It was a three-page letter, with a snapshot. The sudden shock, as she began to read, made her giddy.
She knew it probably would not be much good urging him to take the day off but she decided to try; to her surprise, he agreed.
'I do have a bit of a migraine, love,' he said.
'The rest will do you good. I'll ring the office and tell them you're not well.'
The 'plop' on the mat inside the front door told her the post had arrived. 'I'll go,' she said.
Two letters. One was Robert's bank statement, the other was for her. An unfamiliar handwriting.
She tore it open on her way back to the kitchen. It was a three-page letter, with a snapshot. The sudden shock, as she began to read, made her giddy.
... all I had to go on was your maiden
name... you'd be surprised how many Margarets with that surname have got
married since I was born... it meant checking each one to find if it was the
right Margaret...
She stared at the attractive, fair-haired girl in the
snap. Could it be... after all these years? It was something she had buried in
her memory, something she had thought would remain buried; but, deep down,
hadn't she always known she would never be able to escape from her past?
... when I first learned the truth about
myself, I was hurt and angry ... but now that I'm grown up myself, I'm able to
understand why you did what you did...
She sat at the table and rested her hands on the
scrubbed pine to stop them from trembling. She glanced at Robert but he seemed
unaware of her agitation.
...finally traced you through your
marriage to Robert Smythe... and now I feel I must meet you... of course, my
adoptive parents will always be 'Mum' and 'Dad' to me but...
Blinking back the tears, she heard Robert asking if
the letter was bad news.
'Bad? Oh no...' Quite the contrary, she thought. But how would her husband take it?
The guilt she had borne all those years suddenly overwhelmed her and she pushed the snapshot across the table.
'Robert, I don't quite know how to... there's something I've got to tell you... something that happened before I met you...'
'Bad? Oh no...' Quite the contrary, she thought. But how would her husband take it?
The guilt she had borne all those years suddenly overwhelmed her and she pushed the snapshot across the table.
'Robert, I don't quite know how to... there's something I've got to tell you... something that happened before I met you...'
"Tales of the Unexpected" (1987)
Prof. Galeano
jueves, 12 de marzo de 2015
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